“Tengo votito, no tengo votito porque lo tengo ¿anuladito?” Una propuesta en medio de la crítica

by Marisol 19. junio 2009 12:14

Por: Marisol Zimbrón

En medio de este año electoral por demás decepcionante, donde los candidatos salen de las planillas deportivas, o del Tv y Novelas o de la lista de deudores de alguno que otro político en posición de designarlos; y las campañas políticas son una oda a la falta de creatividad, a la corrupción interna de quienes las crean y a la subestimación de los electores –entre otras desgracias que tienen- como si de un juego de niños se tratara, dos corrientes opuestas se alzan:

Por un lado están los partidos políticos temerosos de la posibilidad de ver complicado el logro de sus ambiciones, tan fácilmente conseguidas por medio de la partidocracia vulgar que ejercen. Tienen temor porque se ven atisbos de lucidez y movimiento entre la hasta hace no mucho adormilada sociedad que, por el otro lado, promueve un movimiento social en pro de la anulación del voto, dicen unos, y el “voto en blanco”, dicen otros.

Primero quiero aclarar que anular el voto y votar en blanco no es la misma cosa. Anular el voto implica tachar la boleta, votar por más de un partido o candidato, etc. garantizando así que dicha boleta no pueda ser utilizada para emitir un sufragio. Votar en blanco, por el contrario, es dejar a la boleta inmaculada y, por tanto, a merced de los mapaches electorales quienes podrán, y sin lugar a duda harán uso de ella para dar un voto más a determinado candidato de su preferencia.

Ahora bien, como acertadamente han dicho muchos analistas, la anulación masiva no pasará de ser un acto de rebeldía, un berrinche sin trascendencia alguna a menos que esta manifestación de inconformidad esté precedida de un plan de acción ciudadana organizado, pensado y constante.

Enfrentemos una realidad: el poder no desaparece, cambia de manos, cambia de cara y los que ayer fueron oprimidos hoy pueden ser opresores. Pero el poder, como tal, se mantiene y como todo vacío tiende a ser llenado, los puestos de poder serán ocupados por alguien, votemos o no votemos.

Por ello, la inconformidad política debe tornarse en movimiento, de lo contrario no pasa de ser más que un acto que debilita la democracia y no a los partidos políticos con sus pésimas campañas, carentes de propuestas y a sus candidatos que son, en su gran mayoría toda unas vergüenzas.

¿Hacia dónde entonces encausar este movimiento? Pareciera a veces que caemos en la indefensión ante la falta de herramientas y vías ciudadanas para exigir a los gobernantes el adecuado ejercicio de su labor y el cumplimiento de sus compromisos y responsabilidades para con la sociedad. Sin embargo existen ideas y opciones, y si no, hay que buscarlas, construirlas: todo buen líder es constructor.

Tanto el movimiento anulista como las candidaturas independientes son ejemplos de acciones que pretenden lograr un cambio muy necesario y por ello son sumamente valorables; y es que el movimiento a favor del cambio que México necesita no debe ser populista, ni violento; no debe basarse en reclutar adeptos y luego utilizarlos para hacer paros, manifestaciones y movimientos sociales que violentan y dañan más a los ciudadanos que a los malos funcionarios, no debe mandar al diablo a las instituciones, sino obligarlas a funcionar adecuadamente. Reitero: debe ser un movimiento más pensado, y congruente con lo que la mayoría queremos: un país mejor.

El cambio que necesitamos trasciende nuestro sistema político: es de cultura y para ello necesitamos reeducarnos, hacer las cosas de otra manera pues mientras sigamos haciendo lo mismo obtendremos los mismos resultados. Es claro que el camino que llevamos no es nada halagüeño ni prometedor y sabemos que la resistencia al cambio de aquellos confortados por la disfunción de nuestro país y nuestra sociedad no dará una pelea fácil.

Dadas las circunstancias y los escasos recursos con los que actualmente contamos como sociedad para evaluar, premiar o castigar a quienes nos gobiernan, podríamos iniciar un sistema ciudadano de seguimiento y vigilancia del desempeño de los funcionarios públicos. Un sistema en el que grupos comprometidos de ciudadanos sigan de cerca las acciones de quienes nos representan, atentos a los problemas de nuestra colonia y nuestra delegación, a la prontitud y eficacia con que se resuelven, o no, dichos problemas; a la calidad de la atención prestada al ciudadano, al cumplimiento o no de las promesas de campaña, a la honestidad o corrupción, etc. Esta información se puede difundir a través de Internet para que todo ciudadano esté al tanto de lo que hacen sus representantes para, llegado el momento, poder decidir si apoyamos su carrera política o no en las siguientes elecciones.
La logística y más detalles serán tema de otra columna o de otro espacio para no aburrir al lector.  Hasta entonces, dejo como reto para todo aquel interesado en que nuestro país y nuestra sociedad trascienda para bien el pensar más allá de la crítica y la rebeldía, pensar en ideas constructivas y factibles de realizarse y comprometernos con éstas para el bien de todo nuestro país.

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